RESEÑA: Cruzando los límites, de María Martinez - Lana Fry

miércoles, marzo 15

RESEÑA: Cruzando los límites, de María Martinez



No hay nada que separe más a dos personas que los prejuicios que llevan a cuestas las diferentes clases sociales a las que pertenecen. Y tampoco hay nada que atraiga más a esas dos personas que la excitación y la curiosidad por esa «relación prohibida».

Caleb y Savannah no pueden ser más diferentes.

Una vive en la zona rica de la ciudad, con sus casas grandes con piscinas, sus comidas en el club, sus planes para la universidad y una vida entre sedas y perlas que nadie dudaría en creer que es perfecta.

 Él, por otro lado, hace honor a la mala fama que les acompaña a los que viven en las zonas menos pudientes de la ciudad y lleva tatuado en la frente la palabra «peligro» que genera, sino miedo, sí respeto a la hora de acercarse aunque sea para preguntar la hora.

Pero si algo tienen los prejuicios, es que muchas veces están creados sin fundamento alguno. Savannah no es la niña rica y mimada que piensa Caleb que es. No es una «princesa», como él insiste en llamarla para picarla aunque luego se convierta en un mote cariñoso. Ni su vida es tan perfecta como parece, ni ella lo es como se esfuerza por aparentar. Savannah está acostumbra a dejarse llevar por la corriente pese a que piensa algo totalmente distinto. El «qué dirán» le impide mostrar esa parte de sí misma que tanto se empeña en esconder. Solo Caleb consigue sacarla, picándola y tentándola hasta el punto de no ser capaz de negarse.

—No creas que es por ti —se apresuró a aclarar Savannah—. Es mí, porque estoy cansada de todo esto, de fingir y aparentar. De que todo ocupe un lugar predeterminado y sin lugar a cambios. Y que si abandonas el lugar al que se supone que correspondes, o actúas en contra de lo que se considera que está bien, dejas de pertenecer a su pequeño club y todos te señalan con el dedo. Estoy cansada de pensar primero qué va a parecerle a los demás el modo en que me comporto, cuando mis actos son asunto mío y de nadie más. 

Caleb tiene algo que le atrapa, que le atrae y es algo más allá del peligro que desprende, de ese magnetismo que atrae miradas de todo tipo. Para alguien acostumbrada a su vida «cómoda», sin arriesgarse en nada, Caleb representa lo prohibido y, por una vez en su vida, Savannah decide abrazar la tentación con todo lo que cree conllevar.

Lo que  no espera es descubrir un Caleb diferente bajo esos tatuajes, su más que evidente atractivo y la fama que se ha ganado a pulso. Sus demonios están bajo su piel, dejando más marcas en él que la tinta de los muchos tatuajes que lleva. Y no todo es tan bonito como la fachada. Savannah deberá decidir si seguir adelante con una persona que es todo menos recomendable para ella o, por el contrario, arriesgarse por primera vez en la vida junto a una persona que le ha hecho sentirse viva y que la ve cómo realmente es.

Caleb era como un hermano para él: leal, sincero y capaz de cualquier cosa por aquellos que le importaban. Pero también sabía cómo se las gastaba y no había que provocarle. Tenía un carácter fuerte e impulsivo; y no en el buen sentido. Se había pasado toda la vida defendiéndose y sobreviviendo, y esa vida había dejado marcas en él. Sus demonios eran de los que no se podían exorcizar. Bien sabía que no era un mal tío, pero sí alguien a quien no quería tener de enemigo bajo ningún concepto. 

Si hay algo por lo que destaca esta historia es por la evolución de los personajes. La inseguridad de Savannah, ese afán por agradar y por estar a la altura de las expectativas van cambiando a medida que, en parte gracias a Caleb, se va aceptando a sí misma y con eso gana la confianza suficiente para plantarse. No solo se da cuenta de quién quiere ser, sino de quién no quiere ser. 

También Caleb hace su evolución y, lo que más me ha gustado de él, es que nunca ha negado cómo es. Siempre ha ido con la verdad por delante, advirtiéndole incluso a Sav de a lo que se enfrentaba si salía con él, pero la presencia de la chica ha tenido sus efectos en él. Por primera vez en mucho tiempo, cree que puede tener un futuro donde antes solo había dolor, rabia y remordimientos. Empieza a vislumbrar una luz de la mano de Savannah y, aunque se diga que nada de eso puede durar, sigue intentándolo.

Podría decir que el miedo de Savannah a lo que podrían decir todos si la vieran con Caleb me han dado ganas de zarandearla, pero puedo entenderla. Más allá de que se simpatice más o menos con determinado comportamiento, se entiende que ese miedo esté ahí y más si se tiene en cuenta de dónde viene. Por otra parte, a veces me sacaban un poco de quicio esos ramalazos violentos de Caleb, no encontrándolos del todo necesarios en algunos puntos.

Más allá de la historia, de la trama y las diferentes subtramas, de lo originales que pueden ser o dejar de ser, creo que si hay algo por lo que destaca María, es por la fuerza y la complejidad de sus personajes. No son perfectos ni lo pretenden y, si alguno de ellos lo pretende, es porque tiene motivos para ello. Están llenos de dudas, de miedos, de sueños y de pesadillas que marcan su vida y comportamiento. Son leales hasta rabiar, una familia más allá de la sangre.

Es lo que más destaco de esta novela, sus personajes. Fuertes, completos y complejos, con ricos matices que les hacen ser especiales y diferentes entre sí.

No es la primera vez que leo Cruzando los límites, lo hice hace un par de años nada más salir publicado, pero tengo que reconocer que en aquellos días, por cambios en mi vida, no pude apreciarlo como lo he hecho ahora. Es una de esas novelas que se disfrutan, que se devoran poco a poco como el mejor bombón y que después te deja un sabor agradable y una sonrisa tonta en la cara.

Su princesita iba a tener un cuento, y un palacio si se lo pedía. El príncipe era otra historia, tendría que conformarse con el lobo feroz y rezar para que hubiera un final feliz. 
No puedo decir nada más, tan solo que creo que María se supera a cada novela.


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